Pau era una mujer de clase alta, adinerada, con una vida puritana. Misa diaria, marido “modélico”, de los que solo quieren sexo para tener hijos y descargar sus tensiones de vez en cuando pero por supuesto nada de follar…ese tipo de placeres estaban reservadas a las putas que frecuentaba en sus viajes y en sus salidas nocturnas. Ella era una señora y el sexo como tal era algo que le habían enseñado a no buscar…era cosa de hombres, como decían su madre y su querido padre confesor.
Ese día, a la salida de misa, iba absorta en sus pensamientos, en sus preocupaciones. El asunto familiar en el que había un problema económico, la tenía preocupada. Mientras caminaba, vio un cartel anunciando una conferencia, precisamente, sobre ese tema.
La hora era perfecta y el día también. Su marido tenía varias reuniones y ella tenía el día libre, podría ir a misa, ver a su confesor y después ir a la conferencia. Le gustó la idea.
Sus días transcurrían despacio, con una aburrida monotonía que ella disfrazaba de normalidad. Toda su vida había sido así, le habían enseñado a sufrir, a soportar, a servir, a ser el recipiente sexual de su marido… a saber que el placer no era para ella y que no lo podía buscar fuera. Todo eso no le gustaba aunque jamás se hubiera atrevido a decir nada en contra. Le habían enseñado que ni el placer propio ni el ajeno se buscaban, eran pecado. Se duchaba hasta los 30 con el camisón puesto. Nunca se había masturbado. Ella lo normalizaba, había nacido para eso. Intentaba no darle vueltas y las misas y su confesor le ayudaban a sobrellevarlo.
Llegó el día de la conferencia. Cuando se sentó en su butaca y le vio aparecer, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Su mirada, su cuerpo, su forma de moverse…no podía apartar su mirada de él. Sus ojos se encontraron. Eran penetrantes, irreverentes, lanzaban una mirada lasciva, con fuerza y seriedad. Era un hombre muy interesante, mirada penetrante, profunda…en definitiva, un gran depredador de almas. Tal era el poder que irradiaba su figura que Pau sentía que solo con la mirada aquel extraño podría conseguir lo que quisiera de cualquiera.
Apenas escuchó lo que él dijo y cuando terminó la conferencia sintió el deseo de acercarse y pedirle consejo sobre los problemas que le habían llevado a ese lugar. Quería verle de forma privada en su despacho. No podía apartar su mirada de él. Se sintió enseguida atraída por aquel hombre, pero no era capaz de identificar el sentimiento, estaba educada para rechazarlo…pero no podía.
El se dio cuenta enseguida de que se le acababa de presentar una gran oportunidad, un gran bocado, una cena exquisita. Como buen Dominante, supo identificar que no iba a ser fácil, pero no quería una larga batalla, quería conseguir una victoria rápida y sabía que iba a ser complicado solo con verla. Aceptó las visitas privadas a su despacho como reto para conseguir lo que quería…hacerla suya
Llena de dudas, incertidumbre, inseguridad y con una mezcla de extraño placer, Pau, comenzó con esas visitas. En las primeras él dejó que se hablara solo de los temas para los que ella había demandado sus servicios. Se ganó su confianza, le aconsejó, la cautivó. La dejaba hablar, la escuchaba, la hacia sentirse observada, la hacia sentirse atractiva, y poco a poco comenzaron las conversaciones más personales. Ella estaba totalmente entregada, le contó todo a cerca de su vida, de su infancia, de su educación tan reprimida, de su matrimonio, de su fe en Dios. Estaba cautivada por él, hasta tal punto que comenzó a hablarle de deseos insatisfechos que ni ella conocía hasta ese momento. Pau se sonrojaba recordando lo que se imaginaba cuando su marido la usaba. Una vez incluso había deseado que la violara violentamente. Por supuesto, todo esto, se lo confesó al cura que tanto la “cuidaba” y que tanto disfrutaba con sus historias.
En una de esas visitas, ella se percató de que sobre la mesa del despacho había una figura discretamente pequeña y muy hábilmente colocada que le llamó la atención. Le preguntó de qué se trataba y él le explicó que se trataba de un símbolo celta, era un triskel, y era el símbolo del BDSM. Pau, le preguntó sobre esas siglas y él se lo explicó con mucho detalle, disfrutaba al hacerlo. Fue entonces cuando le habló de ese mundo tan especial de Dominantes y sumisas, de la entrega, del castigo, de la protección, de los golpes, de las lágrimas, de la dominación tanto física como mental, del sexo….Ella quería…deseaba…ardía…pero mantenía una gran lucha interna con su otro yo, que no le permitía disfrutar y ser libre. Su educación y sus creencias luchaban encarnizadamente con sus deseos y con sus anhelos.
Se dio cuenta de que su vida se desmoronaba, que todo a su alrededor era artificial. Su marido, era un hipócrita que la usa y su confesor la mantenía atada a unas ideas represoras y falsas que no se sostenían con nada, era un hipócrita al que le encantaba escuchar sus historias de sexo reprimido, causándole un tremendo sentimiento de culpa mientras el disfrutaba como un loco. Se dio cuenta de que su vida era una miseria, era una vida falsa. Quería disfrutar, sentirse libre, gozar, sentir.
Pau no podía dominar sus sentimientos y sintió un deseo incontrolable de vivir todo aquello de lo que él le hablaba, quería una sesión…necesitaba sentirse dominada, se excitaba solo pensándolo, se sentía húmeda y necesitaba sexo de una forma salvaje…Su deseo ahora era proporcionar placer a aquel que empezaba a querer sentir como su Señor, pero que todavía no le había tocado ni un solo pelo. Proporcionarle ese placer, era su propio placer. Ahora empezaba a comprender, le gustaba tocarse...soñaba con tocarle, deseaba que la azotara, que la atara, quería entregarse, sentía la necesidad de ponerse a sus pies y de dejar que él hiciera con ella todo lo que él quisiera. Confiaba y a la vez se sentía asustada por sus propias sensaciones. El estaba fascinado…
Había llegado el momento de proponerle una prueba a Pau que se convertiría en su puesta de largo como sumisa…Era una mujer con unas ideas muy complicadas y encontradas entre si. Debía estar segura de que lo que quería era la sumisión ante su Señor. La prueba iba a ser muy difícil para ella pero si lo conseguía sería un triunfo para ambos.
Se citaron en el despacho y cuando Pau llegó, sin decirle el motivo, se la llevó de nuevo a la calle. Ella estaba nerviosa, no entendía que pasaba....pero intuía que había algo distinto en esa visita. Caminaron hasta llegar a la iglesia a la que ella solía asistir de forma casi diaria. Entraron juntos y se sentaron en un banco. Las sensaciones que recorrían el cuerpo de Pau no se podían describir, sentía miedo, nerviosismo, confianza, deseo, tantas cosas juntas que se sentía mareada. El le entregó un papel para que lo leyera. Era la prueba que la convertiría en sumisa. Lo leyó y se sintió perpleja pero a la vez excitada. Su mirada lo decía todo, ella tenía que hacerlo, tenía que entregarle esa prueba….Se levantó, lentamente y temblando se dirigió al confesionario, se arrodilló y giró la cabeza buscando su mirada. Sus ojos decían “tranquila niña mía, yo estoy aquí contigo, pero necesito que me des este premio”. El observaba la imagen desde el banco, sabía que ella lo conseguiría y eso le proporcionaría una gran sensación de Dominación. Los dos, cura y hembra, caminaron a la sacristía, mientras el sonreía. Pau volvió a mirar hacia el banco buscando una mirada de apoyo y protección, enseguida la encontró y se sintió segura y entregada. Cerraron la puerta y ambos consiguieron lo que querían.
Al poco tiempo, Pau salió y se dirigió hacia su Señor, en sus manos llevaba un pañuelo y el papel que previamente le había entregado con su misión. Se arrodilló ante El, le miró y se acercó el pañuelo a la boca para depositar el regalo que le había solicitado su Señor. El limpió su frente con el pañuelo y ella dejó caer al suelo el papel con lo encomendado:” Tienes que hacerle una mamada a tu confesor”.
El sostuvo la barbilla de ella obligándole a mirarla, a no sentir vergüenza. Con la mirada se hablaban , ya se habían convertido en uno solo.
Sonreía, Pau había partido como beata y había regresado como sumisa. Ya no había luchas internas, ya no había sufrimiento, ya no había insatisfacción. Tan solo estaba el deseo irrefrenable de servir a su Amo en todo aquello que le pidiera.
Sabía que el mayor premio era pertenecerle y sentirse a la vez la mujer más libre del mundo.
Se había liberado, había crecido y había experimentado. Ya nunca volvería a ser la misma…ya nunca volvería a ser beata. No había vuelta atrás y ella lo sabía.
La satisfacción de él fue tan grande que no lo creía, había conseguido a la mejor sumisa que jamás podría haber imaginado. Él, que tan solo quería una rápida victoria, ya no podría separarse de ella, le pertenecía, quería protegerla, quería amarla, él había convertido a la beata en la sumisa más deliciosa jamás vista, y era su tesoro.
Los dos crecieron, los dos aprendieron, los dos se entregaron y los dos ganaron.
Esta es una historia real. No es un cuento que haya inventado para entretenernos… los personajes que describo existen y se, al menos, de uno de ellos. Él no se vanagloria de lo que consiguió, no presume de su victoria. Sabe y reconoce que lo valioso fue el triunfo de un ser libre sobre las cadenas de la represión
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