Dónde sentarnos un rato... Buscaba
asientos para descansar unos momentos, en medio de aquel barullo de música, luz
y colores de toda clase.
La noche en la discoteca Ku de Ibiza tenía promesa de alargarse aún más.
Mi pareja estaba radiante. Sus ojos brillaban resaltando las emociones que se le transparentaban a flor de piel.
Confiando hallar otro ambiente, quizás más tranquilo, tiré de ella.
- " ¿Dónde vamos?"- me dice con un mohín enloquecedor.
- " Tengo sed" - le dije, sin confesar que estaba realmente cansado.
Habíamos entrado alrededor de las diez a la discoteca y salvo unos breves minutos de parada para tomar un Cardhu sobre hielo picado, todo había ido enredado en baile, espectáculo y alguna charla intrascendente.
Realmente los ojos se llenaron de visiones de gente disfrutando de una noche loca.
Los sentidos habían bebido emociones de ritmo, olores, roces de piel, y largas sensaciones de disfrute.
Ese cuerpo ligeramente sudado, su desnudez exiguamente vestida, habían despertado mi deseo. Y todo el ambiente que allí nos empapaba dejaba hora tras hora un regusto a deseo. Los ritmos retumbaban en los oídos y en las entrañas.
El cansancio a las tres y media de la madrugada pesaba sobre todo en mis piernas.
Y allí, en una terraza superior, algo apartada, junto a una pequeña barra bar, lo vi. Era un...¿sofá?, ¿ banco redondo?. Un montón de cojines de colores en forma de... ¡fruta!...donde también se intuían algunos cuerpos semienterrados. No se por qué, o quizá sí, me pareció que aquel espléndido frutero sofá me gritaba llamándome.
- " Ven, sentémonos un rato a descansar"-
Aunque más que sentarnos, lo que hicimos fue lanzarnos sobre aquella montonera de cojines.
Me abracé a una manzana verde y ella lo hizo sobre una pareja de cerezas, alrededor de plátanos y ciruelas.
La música también llegada hasta allí, pero más atenuada que en las ruidosas pistas de abajo y por encima de los gritos que subían desde la pista piscina.
Logré sacudir parte del cansancio y acercarme hasta la barra bar para pedir las bebidas.
Y con ellas regresé hasta donde ella estaba.
No lo vi hasta no estar sentado a su lado. Sólo supe que algo ocurría cuando ella, dándome unos golpecitos con la mano en mi pierna, me señaló su costado izquierdo, el más alejado de mí.
En su cara había un sonrisa extraña, pero en la mía seguro que se plasmó una sorpresa mayúscula.
Sobre su pierna, una mano se movía en una caricia lenta, surgiendo de debajo de un cojín en forma de plátano.
Mi primera reacción se dirigió a retirar esa mano intrusa que osaba acariciar esa piel que yo estaba deseando toda la noche y que ya consideraba mía.
Pero justo cuando alargaba mi mano para retirar a la intrusa, sentí algo caer sobre mí. Se trataba de una fresa gigante, de un rojo intenso, que acaba de posarse sobre mi regazo. Y la fresa traía algo más..... Pues una mano venia bajo ella. Y esa mano no estaba quieta, se movía con suavidad sobre mi bulto de la entrepierna.
Sé que resulta sorprendente pasar de un momento de asombro, por lo que había visto en la pierna de mi pareja, a la sorpresa en forma de fresa, y acabar con una sonrisa paralizada por esas caricias que se movían hábilmente sobre mi pantalón.
No podría calcular si fueron instantes cortos o regodeados y lentos momentos. Pero la complicidad con mi pareja y ciertas sonrisas que aparecieron en aquella macedonia de frutas, olvidaron el cansancio, dejaron de sufrir las estridencias de la música y dieron paso a una sesión de emociones despersonalizadas.
Sólo la excitación envolvió besos, caricias y gemidos.
Y conocí una costumbre ibicenca en cuanto las luces de Ku comenzaron a decirnos que había que abandonar el frutero. Todos los ocupantes de aquel frutero trasladamos nuestro morboso deseo de conocernos más profundamente hasta una playa cercana.
Y allí la luz del amanecer nos sorprendió entre las dunas envueltos en sexo y placer escuchando el sonido suave de algunas gaviotas.
La noche en la discoteca Ku de Ibiza tenía promesa de alargarse aún más.
Mi pareja estaba radiante. Sus ojos brillaban resaltando las emociones que se le transparentaban a flor de piel.
Confiando hallar otro ambiente, quizás más tranquilo, tiré de ella.
- " ¿Dónde vamos?"- me dice con un mohín enloquecedor.
- " Tengo sed" - le dije, sin confesar que estaba realmente cansado.
Habíamos entrado alrededor de las diez a la discoteca y salvo unos breves minutos de parada para tomar un Cardhu sobre hielo picado, todo había ido enredado en baile, espectáculo y alguna charla intrascendente.
Realmente los ojos se llenaron de visiones de gente disfrutando de una noche loca.
Los sentidos habían bebido emociones de ritmo, olores, roces de piel, y largas sensaciones de disfrute.
Ese cuerpo ligeramente sudado, su desnudez exiguamente vestida, habían despertado mi deseo. Y todo el ambiente que allí nos empapaba dejaba hora tras hora un regusto a deseo. Los ritmos retumbaban en los oídos y en las entrañas.
El cansancio a las tres y media de la madrugada pesaba sobre todo en mis piernas.
Y allí, en una terraza superior, algo apartada, junto a una pequeña barra bar, lo vi. Era un...¿sofá?, ¿ banco redondo?. Un montón de cojines de colores en forma de... ¡fruta!...donde también se intuían algunos cuerpos semienterrados. No se por qué, o quizá sí, me pareció que aquel espléndido frutero sofá me gritaba llamándome.
- " Ven, sentémonos un rato a descansar"-
Aunque más que sentarnos, lo que hicimos fue lanzarnos sobre aquella montonera de cojines.
Me abracé a una manzana verde y ella lo hizo sobre una pareja de cerezas, alrededor de plátanos y ciruelas.
La música también llegada hasta allí, pero más atenuada que en las ruidosas pistas de abajo y por encima de los gritos que subían desde la pista piscina.
Logré sacudir parte del cansancio y acercarme hasta la barra bar para pedir las bebidas.
Y con ellas regresé hasta donde ella estaba.
No lo vi hasta no estar sentado a su lado. Sólo supe que algo ocurría cuando ella, dándome unos golpecitos con la mano en mi pierna, me señaló su costado izquierdo, el más alejado de mí.
En su cara había un sonrisa extraña, pero en la mía seguro que se plasmó una sorpresa mayúscula.
Sobre su pierna, una mano se movía en una caricia lenta, surgiendo de debajo de un cojín en forma de plátano.
Mi primera reacción se dirigió a retirar esa mano intrusa que osaba acariciar esa piel que yo estaba deseando toda la noche y que ya consideraba mía.
Pero justo cuando alargaba mi mano para retirar a la intrusa, sentí algo caer sobre mí. Se trataba de una fresa gigante, de un rojo intenso, que acaba de posarse sobre mi regazo. Y la fresa traía algo más..... Pues una mano venia bajo ella. Y esa mano no estaba quieta, se movía con suavidad sobre mi bulto de la entrepierna.
Sé que resulta sorprendente pasar de un momento de asombro, por lo que había visto en la pierna de mi pareja, a la sorpresa en forma de fresa, y acabar con una sonrisa paralizada por esas caricias que se movían hábilmente sobre mi pantalón.
No podría calcular si fueron instantes cortos o regodeados y lentos momentos. Pero la complicidad con mi pareja y ciertas sonrisas que aparecieron en aquella macedonia de frutas, olvidaron el cansancio, dejaron de sufrir las estridencias de la música y dieron paso a una sesión de emociones despersonalizadas.
Sólo la excitación envolvió besos, caricias y gemidos.
Y conocí una costumbre ibicenca en cuanto las luces de Ku comenzaron a decirnos que había que abandonar el frutero. Todos los ocupantes de aquel frutero trasladamos nuestro morboso deseo de conocernos más profundamente hasta una playa cercana.
Y allí la luz del amanecer nos sorprendió entre las dunas envueltos en sexo y placer escuchando el sonido suave de algunas gaviotas.
Wolf, mayo 2015

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